6.11.11

DECISIONES

El tema no es el pie con el que te levantas sino la cama en la que duermes. Eso me decía ella siempre, cada mañana, antes del beso, antes del café y las galletas de agua. Luego se iba a la ducha. Yo me quedaba escuchándola cantar hasta que apagaba el agua, entonces me levantaba –intentando siempre hacerlo con el pie derecho– y abandonaba su departamento. Caminaba las escasas cuadras que lo separaban del mío, me duchaba, cantaba la misma canción que había cantado ella minutos antes y me ponía mi traje. Me iba a trabajar. Hasta la noche. Hasta las estrellas. Hasta la luna. Hasta que terminaba el día y, agotadísimo, me echaba en mi cama, tomaba el teléfono y la llamaba.
–¿Cómo estuvo el día? –me preguntaba.
–Como si me hubiese levantado con el pie izquierdo, amor.
–Entonces vente rápido.
Y ahí partía y conversábamos largo rato tomando coñac y luego nos íbamos a su habitación y terminábamos haciendo el amor. Nos dormíamos. Y al amanecer, cuando nos despertábamos, antes del beso, antes del café y las galletas de agua, ella me decía:
– El tema no es el pie con el que te levantas sino la cama en la que duermes.
El día que se suicidó pensé en eso y muchas cosas más. De hecho, ahora, en medio de su funeral, he decidido tomar esta libretilla negra que, no sé por qué razón, tenía en mi bolsillo. He decidido tomarla para dejar constancia de que fue ella, antes del beso, antes del café y las galletas de agua, la que me enseñó que el tema no es el azar que rige la vida, sino las decisiones que, al final del día, cada uno toma.

2.11.11

EL INMENSO CASTILLO DEL INMENSO LAGO

El muchacho nació en un castillo. Nació y creció en un castillo. Durante sus primeros años sólo se dedicó a jugar, su padre le regaló los juguetes más hermosos del mundo y le enseñó a usarlos, a extraer de cada cual sus únicas cualidades. A la edad de cuatro comenzó a ser educado. Para eso fueron convocados los más importantes maestros del planeta. Ninguno se rehusó. Más que por la paga (la cual era superlativa), lo hicieron por lo curioso del castillo. Éste se emplazaba en medio de un enorme lago. Parecía una isla pero no lo era. Si bien en la superficie contaba con varias alas y enormes almenas, bajo el agua, como si de un iceberg se tratara, era cientos de veces más grande. De hecho, estaban todas las habitaciones en las cuales el muchacho estudiaba, cada una para cada propósito, ora astronomía, ora matemáticas, ora lenguaje; todas inmensamente mágicas. De modo que cuando el muchacho cumplió los quince años, ya había aprendido todo lo que debía aprender. Por eso su padre decidió convertirlo en hombre. Seleccionó y trajo a las mujeres más hermosas de la región para que se acostaran con él, que habitaciones para aquello, hijo mío, le dijo sabiendo que había llegado la hora de convertirse en el padre compañero, sobran y sobrarán. El muchacho, a quien de ahora en adelante llamaremos hombre, hizo el amor hasta la saciedad, y sólo entonces se percató de que nunca en su entera vida había salido del castillo. Ni siquiera conocía la parte de éste que se encontraba en la superficie, la maravillosa imagen que todos los turistas utilizaban como objetivo fotográfico para luego regresar a sus casas, quizá en qué países, y decirles a sus familias, quizá en qué idiomas, miren la suerte que tienen los que ahí dentro viven. De modo que se lo exigió a su padre. Se lo exigió con vehemencia, más que mal ya era un hombre. Y éste con resignación, habiéndose convertido de pronto en el padre nostálgico que ve a su hijo volar del nido, asintió. No le dijo nada, sólo asintió. Así que el hombre salió por la única puerta que este increíble castillo poseía y que rara vez se abría, y se internó en lo que sólo conocía por libros: el mundo. Erró por él el tiempo necesario para arrepentirse y regresar al castillo. Cuando su padre lo recibió sorprendido en la sala de audiencias, le preguntó al hombre por qué había regresado. A lo que él contestó:
-De haber sabido que el mundo era así, jamás me hubiese movido de mi castillo.
Y volvió a sumergirse en las profundidades de éste.

1.11.11

EL DUENDE-DE-MIERDA

No piensen mal de mí. Eso les diría el personaje de este relato. Pero duerme. Aún no despierta. Su ropa está esparcida por toda la pieza. Los pantalones en el suelo; la camisa colgando de las cortinas; una zapatilla allá, otra más allá; la ropa interior aún puesta, por cierto. La mujer descansa sobre su pecho. Es la imagen clásica después del sexo. Como en las películas. Como en las películas que terminan bien.
El personaje ahora abre los ojos. Le cuesta. No recuerda bien la sucesión de hechos que lo llevaron a esa cama. Pero sólo ha abierto los ojos. La imagen sigue incólume. La mujer sobre su pecho. Como en las películas. Perdón lo repetitivo, pero de qué otra manera graficarlo. Intentado ser lo menos brusco posible –la mujer también ha despertado, pero hace como si siguiera durmiendo– el personaje corre la cortina, ve que el día fue boicoteado por las nubes, cierra la cortina y pestañea. Hay olor a trago. No mucho pero lo hay. Un olfato delicado lo sentiría. De hecho, el olfato del duende-de-mierda lo hace. Porque tiene un olfato delicado. Duende-de-mierda. Eso piensa el personaje de este relato al verlo colgado de su camisa en las cortinas. Se miran. Es que ya se conocen. La mirada dura lo que tiene que durar. La mujer sigue fingiendo, aunque no se percata de que el duende-de-mierda ha aparecido en su propio dormitorio. Eso habíamos olvidado mencionar: la mujer fue quien llevó al personaje de este relato a su casa, no al revés, las mujeres de este país, hoy por hoy, son tan osadas y tan mentirosas como sus congéneres escandinavas. Eso lo dice el duende-de-mierda. El personaje de este relato no le contesta, sólo se limita a mirar nuevamente por la ventana, comprobar el boicot de las nubes y cerrar los ojos. Cierra los ojos. Tal vez si duerme un rato más.
Ya ha pasado una hora. La mujer también volvió a dormirse. La escena ha cambiado levemente. Ella se removió hace quince minutos. Esa ha sido la única alteración. Yo como narrador en realidad sólo lo deduzco, pues justo en ese momento no estaba mirando, qué vamos a hacer, incluso yo debo ir de vez en cuando, según la necesidad, al baño. El duendo-de-mierda sigue colgando de la cortina.
–¿Qué querís, conchatumadre? –le espeta de pronto el personaje de esta historia.
Menos mal que la mujer no ha vuelto a despertar.
–No me trate así, compañero –le contesta el duende. Y se descuelga de la camisa.
Afuera parece que comienza a garuar. Le preguntaría al personaje de este relato que es el que tiene la ventana más cerca, pero está ocupado con el duende, así que el clima lo dejaremos para más adelante que página en blanco sobra.
–¿Y cómo querís que te trate si cada vez que te veo queda la cagada?
–Eso es culpa suya, amigo mío.
–No soy ni tu compañero ni tu amigo, huevón.
–Está bien, camarada.
Silencio. Si tuviera más facultades como narrador, en este momento haría sonar de fondo a los Doors, Love Me Two Times. Es que esa guitarra absurda para este momento absurdo.
–La voy a despertar –suelta entonces el duende-de-mierda.
El personaje de este relato intenta impedírselo, pero una mirada no es suficiente con este duende. No, señor, nunca es suficiente.
En este punto la historia la primera parte termina (al fin y al cabo, todo está repartido en partes iguales), sin embargo, antes, me daré un último lujo: el personaje que yace sobre la cama se llama Camilo, y tiene 37 años. La mujer que está en sus brazos tiene 13, de modo que ni siquiera valdrá la pena decir su nombre, la llamaremos, de ahora en adelante, la niña.

23.10.11

LA HISTORIA PERFECTA

Había escrito la historia perfecta. Imagínense: dos pajaritos acariciándose las plumas sobre el tendido eléctrico, la tarde que muere, no, la noche que comienza, el viento intrépido, la plaza, la mina que espera sentada en la banca de la plaza mirando a los pajaritos, mirando de paso también la noche que comienza, moviendo el pie evidentemente nerviosa. Figúrense: el hombre que llega a la banca, que citó a la mina a las siete de la tarde pero que de todos modos llega con dos horas de retraso (así y de otras maneras funciona este hombre), el viento que no ha dejado de pasearse, los pajaritos que han decidido que la hora de dormir llegó y que la hora de acariciarse las plumas se ha esfumado. Supongan: el hombre que se sienta al lado de la mina, que permanece en silencio, ella que no pretende ser quien comience el fuego, él que no sabe cómo hacerlo, un chiquillo que pasa en bicicleta frente a ellos y los pensamientos de ambos que se van con él. La empatía se hace pedazos: todos ustedes, los que están leyendo esto, creerán que la conversación que inminentemente iniciarán ambos personajes tendrá relación con algún conflicto previo desconocido incluso para mí que inventé el relato, pero no, serán otros los motivos que llevarán a estos dos desconocidos a intercambiar sus segundas palabras (las primeras fueron cuando acordaron la hora de la reunión) y a precipitar aquello a lo que tanto tiempo dediqué, el final de la historia, de la historia perfecta, pero que ya borré y no tiene caso seguir hablando del tema.

17.10.11

LO ABSURDO DE LAS RAZONES

El auto va a una velocidad discreta. Es nuevo. Es gris. Tiene una patente de cuatro letras y luces de neón. Es de día, así que las lleva apagadas. Arriba, el sol se esconde tras las nubes como si no quisiera ver el modo en que aquella ciudad sigue a pasos agigantados su camino hacia la ruina. Pero ella, la muchacha que va manejando el auto, a una velocidad discreta, con las luces apagadas, parece no darse cuenta de ello. Se mira en el espejo retrovisor, se quita un mechón de pelo negro que le cae sobre la frente, parpadea una, dos veces, y sí, termina por convencerse de que, por más que pasen los minutos y el sol intente esconderse tras las nubes, no ha dejado de ser hermosa. Vuelve a acomodar el espejo y se pone sus lentes oscuros. Ahora mira hacia adelante, como debe ser, y, como si hubiese aparecido de la nada, lo ve. Lo ve a él, el muchacho que no va manejando, que camina a una velocidad acelerada, como si quisiera llegar rápido a su lugar de destino. A ella se le acelera el pulso. Es el muchacho que le gusta.
Él no se da cuenta cuando el auto para a su costado. Va pensando en cosas que, para efectos de este relato, no vienen al caso. La muchacha baja el vidrio y lo llama por su nombre. Él levanta la vista, la ve y sonríe. Sabe quién es, es la muchacha que hace tiempo desea conocer.
–¿Te llevo? –le pregunta ella.
–Bueno –dice él.
Lo más triste de todo es que, como narrador de esta historia, sé muy bien que por razones de vanidad (en el caso de ella) y razones de orgullo (el caso de él), nunca declararán, ni el uno al otro ni el otro al uno, lo que yo declaré sin preámbulos algunas líneas más arriba. Es decir, ninguno tendrá la serenidad, ni las malditas putas agallas de confesarse lo que sienten. De eso se esconde el sol también. Y de las aplicaciones de iPhone.
Ella le pregunta:
–¿Adónde vas?
–A mi casa –contesta él.
–¿Y dónde sería eso? –dice ella mientras suelta una risita.
–Dobla aquí.
Al muchacho, en realidad, no le faltan más de cien metros para llegar a su hogar, sin embargo resuelve no decírselo y así aprovechar en paz aquel breve instante que el azar le regaló y que, seguramente, no pensará siquiera en volver a regalarle.
–Acá –dice finalmente el muchacho.
La muchacha suelta otra risita más, y luego pregunta:
–¿En serio?
–Sí.
–¿Y aún así aceptaste que te trajera?
Ya po’ huevón, insiste el azar, ¿no veí que si te doy este pase es pa’ que vos tengái los cojones y terminí la jugada? Pero el muchacho, sin embargo, prefiere no escucharlo (al azar, claro), le agradece a la muchacha la gentileza (Muchas gracias) y se baja del auto. En cosa de segundos ya está en su dormitorio, mientras ella, ya lejos de esa infame calle, piensa en lo absurdas que, a veces, puedan resultar las razones.
Vuelve a mirarse al espejo.


1.9.11

LETRA CONTRA LETRA (V)

Silvia y Carlos no alcanzaron a bajarse del auto cuando una ráfaga de balas casi les vuela la cabeza. Había mucho humo. El choque había sido fuerte y, evidentemente, buscaba descolocar a las víctimas para evitar, de ese modo, su huída. Sin embargo, madre e hijo alcanzaron a agacharse.
-Toma los libros –gritó Silvia en medio de la vorágine- y ándate.
-Nicagando te dejo sola, vieja.
-¡Ándate o nos matan a los dos!
La confusión aún le daba un margen de escapatoria a Carlos, pero éste no podía resignarse ante la idea de abandonar a su madre. Dejarla sería entregársela en bandeja a la muerte. De todas formas tenía el saco de libros aferrado a su mano. Jamás había apretado tanto el puño.
Silvia miró a su hijo. Él nunca olvidaría aquella mirada, su rostro impasible, su expresión serena, sus ganas de darle a Carlos la oportunidad de resguardar aquello que salvaría Chile.
-Por favor –le dijo, le susurró ella-, por favor hijo, ándate.
Carlos sintió un vacío inmenso instalársele en el estómago. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Sintió los gritos de los agentes fiscalizadores. Más balas. Era ahora o nunca. Acercó su boca a la mejilla de su madre pero no alcanzó a besarla; ella se bajó del auto y salió corriendo en dirección a los agentes. Aquella había sido la señal: así los distraería. Carlos saltó también del auto y por algunos segundos corrió sin mirar atrás. Corrió. Corrió como si el mismísimo Bowglith lo persiguiera con una UZI y todos sus perros. El saco le pesaba, pero logró mantenerlo siempre pegado a sus costillas. Corre, se decía, corre, le decía su madre, corre, hijo, por lo que más quieras, corre.
Finalmente Carlos se metió en un callejón. Al fondo había un muro. Como en las películas. En él había un rayado. Libro cuando te cierro, abro la vida, decía. Carlos intentó recordar dónde había leído aquella frase. La presión de pronto había desaparecido. Nadie lo perseguía. Había entrado en un limbo del cual nada lo podía sacar. Estacó su mirada a las letras rojas. El espray húmedo caía en forma de gotas hasta el suelo. Lo habían hecho recién. ¿De quién era esa frase? ¿Por qué le sonaba? Entonces miró el saco, y justo cuando recordaba dónde mierda la había leído, un brazo lo tomó del hombro y lo metió a un lugar tan oscuro como el amor de los amantes. Era Neruda; de él era la frase.

31.8.11

LETRA CONTRA LETRA (IV)

Santiago de Chile. Marzo de 2017. Altas cúpulas militares comenzaban a gestar en las oficinas de la Escuela Militar un plan de refaccionamiento de la idiosincrasia chilena, denominado “Plan total de control del Estado”. El quid de este procedimiento –basado en la idea bradburyana de Farenheit 451- sería el manejo absoluto del conocimiento del país y de su sociedad.
Valparaíso. Diciembre de 2017. La noche de Año Nuevo, mientras el puerto fantaseaba y los cielos de Chile se iluminaban con centellantes colores, el primer contingente militar allanó las dependencias de la Biblioteca del Congreso Nacional. Simultáneamente, en diferentes puntos del país, se realizaron similares procedimientos. La misión era “confiscar todo artefacto y objeto generador de conocimiento”. La gente vio aterrorizada, sin poder hacer nada, cómo los militares entraban a sus hogares y se llevaban todo tipo de televisores, computadores, teléfonos celulares, libros, revistas, etc. Sólo dejaban las radios; el futuro Gobierno debía de alguna manera transmitirle su mensaje al pueblo. Al amanecer de aquel mismo día, La Moneda era asediada y el Presidente obligado a entregar el poder. Lo hizo sin ofrecer mayor resistencia, pensando que, probablemente, todo esto no duraría más de lo que había durado décadas atrás. Sin embargo, junto con su gabinete, fue exiliado inmediatamente. Nada pudo hacer Chile para evitar aquel vejamen a la patria. La maniobra en total duró una semana, y al cabo de ésta, el General del Ejército, José Domingo Bowglith, se invistió como el trigésimo sexto Presidente de la República. En su primer discurso, transmitido a través del único medio de comunicación oficial, Radio Agricultura, puso énfasis en dos puntos. El primero: “La principal razón por la cual se realiza este pronunciamiento militar ilustrado, es para reivindicar la imagen de nuestras injustamente vilipendiadas Fuerzas Armadas. Para esto, estableceremos un mejoramiento social, sin literatura, prensa o cualquier clase de información o conocimiento que socave la moral humana y marcial. De modo que se confiscarán todos los libros, computadores, etc., del país”. Lo segundo: “Los que aún posean cualquiera de los artefactos enunciados anteriormente, tendrán veinticuatro horas para entregarlos so pena aflictiva en caso de lo contrario. Luego de aquel plazo, se allanarán, una a una, todas las casas de Chile”.
Chile. Enero de 2018. Casi tres millones de personas acudieron al llamado –a la amenaza - del Gobierno. Durante los días sucesivos, el Ejército allanó miles de hogares y detuvo a todos aquellos que escondían “material peligroso”. Todo fue quemado en incineradores improvisados en medio del desierto.
Septiembre de 2018. Mucha gente huyó y se autoexilió. Muchos otros desaparecieron. Sólo algunos pudieron escapar de la purga estatal y continuaron luchando en la clandestinidad. Entre ellos el profesor de lenguaje Javier Arellano, su mujer y también profesora, Silvia Pérez, y su hijo Carlos. Ellos confeccionaron imprentas caseras y lograron imprimir una considerable cantidad de libros que no tardaron en fluir como un río de conocimiento. La idea era que los libros se regalaran y que a cambio nadie dijera nada. Sin embargo el Gobierno seguía encima. Siempre. Como alguna vez. Letra contra letra. Como alguna vez en Chile.

30.8.11

LETRA CONTRA LETRA (III)

Luego de introducirme en la casa, yo esperaba que me dejaran aislado unas horas, en la más absoluta oscuridad, a la espera de que mi propio subconsciente se convenciera de hablar. Sin embargo estaban apurados. Me quitaron la bolsa, me ataron las manos y me vendaron los ojos. Casi inmediatamente me desnudaron y me amarraron a una silla y le pusieron play a la música. Afuera, seguramente, la vida seguía transcurriendo. En coma, pero lo seguía haciendo.
¿Dónde chucha tení los libros, joyita?, me preguntó el torturador. Yo temblaba. No sabía si de frío o de miedo. Sólo temblaba. De fondo sonaban Los Bunkers.
¡¿Dónde, maricón culeado?!, insistió.
El primer golpe me dolió. Fue en la quijada. Sentí el sabor de la sangre. El segundo golpe, en las costillas, me dolió menos. No, no iba a hablar. O al menos le daría tiempo a mi familia para que huyera, para que salvara algo.
El torturador me rondaba. No paraba de gritarme. A ratos se detenía, se echaba sobre mí y me ponía la pistola entre las piernas. ¡Si no hablái, conchatumadre, te vuelo las huevas!, clamaba. Entonces yo me estremecía y rogaba para que de mi boca no saliera una sola palabra al momento del disparo. Sin embargo él terminaba por reconsiderarlo, bajaba el arma y me daba un tiro en el pie. Ya me había dado tres. No veía, pero suponía que dedos no me quedaban.
No sabía cuánto tiempo llevaba en aquel lugar. Podían ser horas o simplemente minutos. Lo cierto es que ante su desesperación, el torturador subió el volumen de la música y me arrancó de la silla y me estiró sobre un catre de fierro frío sobre el cual quedé paralizado. No pude hacer nada cuando me conectó los cables a las tetillas, al pene y a mis pies destruidos. Tampoco pude seguir callándome cuando el torturador encendió el dínamo y descargó tres golpes de electricidad.

28.8.11

LETRA CONTRA LETRA (II)

La mujer se aferró a una de las máquinas de impresión. Le costaba respirar. El miedo y el olor a tinta la asfixiaban. Su hijo esperaba a su lado. Sumido en la penumbra, tomó la mano de su madre e intentó tranquilizarla. Cientos de libros estaban dispersos por la habitación. ¿Qué hacer? El muchacho fue incapaz de contener las lágrimas de la mujer cuando ésta se largó a llorar. Apretó más su mano. Tenía que tomar una decisión cuanto antes. ¿Qué hacer?
-Debemos llevarnos todo esto, viejita.
La mujer asintió sin mirarlo. No le preguntó cómo ni adónde, pero asintió. El muchacho sabía que su padre no resistiría mucho sin abrir la boca. La tortura es un método eficaz pero costoso, y por lo general, aunque poco certeras, entrega respuestas. Tenían que ser rápidos. Soltó la mano de su madre y buscó algo donde meter los libros. Encontró un saco apolillado y en él los fue metiendo por montones. Su madre se secó las lágrimas y lo ayudó. Sencillos ejemplares de Dostoievski, Hemingway, Houellebecq, Cortázar, Neruda, se iban acumulando en desorden. Todos habían sido impresos en aquella oscura habitación. Todos eran la razón por la cual el hombre había sido tomado detenido minutos antes. Todos eran la razón por la cual estuviese siendo torturado en esos momentos.
Una vez cumplida la tarea, el muchacho y la mujer salieron de la sala de impresión. Ella ni siquiera miró atrás, no podía aceptar abandonar aquello por lo cual habían dado prácticamente todo. Él, en cambio, juró recuperarlas.
Salieron de la casa, cerraron con llave y tomaron el auto. Aquellos libros no podían caer en manos de la dictadura. Eran la última esperanza de aquella sociedad destinada a la ignorancia y al desconocimiento. Como en la novela de Bradbury, todos los otros libros habían sido quemados. Por eso perderlos sería imperdonable.
En eso pensaba la mujer mientras manejaba. Sabía que eran los únicos que tenían impresoras y que aún producían libros. Sabía que eran lo únicos capaces de evitar que todo terminara en catástrofe. Pero sabía, por lo mismo, que sus vidas corrían peligro.
La ignorancia era la nueva arma de aquellos que ostentaban el poder en ese mundo perdido.
Doblaban por una calle estrecha hacia el sur cuando un auto los impactó de lleno por el costado.

27.8.11

LETRA CONTRA LETRA

Me agarraron por sorpresa. Estaba comprando el pan, dos marraquetas pa’ nosotros y una hallulla para el Carlitos. Me taparon la cabeza con una bolsa y me arrastraron y me subieron al auto. Sentí un vacío en el estómago cuando éste arrancó. Como en una montaña rusa. Intenté gritar mi nombre, pero ellos fueron más rápidos. El sol se estaba poniendo. Tan sólo un par de horas antes había parado de llover.
Me gritaban con violencia. Joyita, me gritaban. Joyita y la reconcha de tu madre, puta que nos costaste, me gritaban.
El miedo me tenía amordazado. Alguien me apretaba el cuello y hacía presión para inmovilizarme. No sé si era el mismo maricón que me gritaba. Intenté reconocer el recorrido que hacía el auto. Desde la calle donde mi bolsa de pan quedó botada doblamos dos veces a la izquierda. Sin embargo fui incapaz de identificar el camino que hicimos a continuación. Anduvimos por cerca de media hora. Tuve miedo. Tuve pena. Tuve terror. Tuve rabia. Tuve frío. Pensé en mi hijo. Pensé en que quizás ya se habrían percatado de mi demora y que habrían salido a buscarme y que los vecinos que habían visto todo –pero que con toda razón no hicieron nada- estarían contándoles las cosas tal cual fueron. Esto es por lo de los libros, señora, especularía alguno. Mi mujer se largaría a llorar. No seas débil mujer.
En ningún momento pensé en arrepentirme por lo que hacía. Sabía muy bien que mi lucha era por Chile, para que no volviera a pasar lo que pasó con Pinochet; para que nunca más. Para mí era un martirio pensar en cómo habíamos sido capaces de caer de nuevo en lo mismo, de convertirnos nuevamente en el ejemplo de lo que juramos no volver a ser. No podía arrepentirme. Hacerlo sería perder el pulso. Hacerlo sería subyugarme ante la mano contra la cual juré reivindicar nuestra libertad.
El auto frenó. Me bajaron con la misma violencia. Nunca dejaron de gritarme. Me metieron en una casa. Lo supe porque mi intuición logró abrir bien sus ojos. Yo no sé lo que es el destino. Pero en aquel momento fue el suelo frío de un dormitorio oscuro en algún lugar de Santiago de Chile.
Había comenzado, nuevamente, la pelea.

25.8.11

DISCULPAS PARA QUÉ

-Tengo algo que decirte –soltó tras un largo silencio.
Ella se estremeció; sintió un frío recorrerle la espalda; quiso apartar la mirada, escondió las manos (pronto comenzarían a sudarle) y deseó que el planeta se detuviera un segundo, que la historia no siguiera transcurriendo. La noche pesaba y la brisa era casi imperceptible. Las noches en Dichato suelen ser cálidas en verano y ésa era la última noche de aquel último verano. De todos modos un frío le recorrió la espalda. De todos modos se estremeció. De todos modos la historia siguió transcurriendo.
Ella hizo un gesto sin mirarlo. Se conocían desde siempre. Él la interpretó correctamente. Continuó:
-Fue una año bonito, ¿sabí?
Silencio. El ruido de las olas. Las olas de noche son un misterio. No se ven pero están. No se ven pero se oyen. No se ven pero enfrían. No se ven pero seguimos llamándolas olas. Ella dirigió la mirada hacia el mar. Estaban solos en la playa, era tarde y se preguntó cuántas veces habían estado en esa situación. Recordó muchas. En todas, sin embargo, estaban juntos; abrazados; rozándose; amándose; juntos.
Él no pudo tolerar más el silencio.
-Fue un año bonito –repitió-, pero no sé, cambiamos, o sea… Ya no somos los mismos.
Ella sabía que él se complicaría. Sabía muy bien que, pese a tener siempre tan claras las cosas, esta vez titubearía, se enredaría, la situación lo sobrepasaría. Lo que no sabía era cómo reaccionaría ella. La vida tiene esas cosas: siempre terminas por conocer más al otro en desmedro del conocimiento propio.
Las olas seguían reventando contra la orilla.
Él continuó:
-No es que haya dejado de quererte… Sólo necesito un tiempo. No sé si me entiendes…
Ella se levantó. Sintió que se hundía. Sintió que quería flotar, pero que un peso invisible la retenía como ancla al lecho marino. Él no hizo ademán de seguirla. Decidió esperar sentado. Quería dejar que pensara en paz, que asimilara todo, a ver si a él también se le hacía más fácil; después de todo, no estaba seguro de lo que hacía. En eso pensaban ambos cuando la tierra comenzó a moverse. Primero fue un ronroneo tranquilo, como un árbol sacudiéndose, como un río que corre por las entrañas del planeta. Luego, sin embargo, vino el sacudón de verdad, el desquite, como desde hacía tiempo no se veía por esos lugares. Las olas dejaron de escucharse y el crujido de las rocas se adueñó de todo. Los chispazos de los cables, las alarmas de los autos, los gritos de la gente. Él intentó levantarse. Ella no pudo sostenerse y cayó sobre él. Ambos se miraron en la oscuridad. Ambos se escrutaron. Él la vio a ella. Ella lo vio a él. Y ambos se dieron cuenta de que eran el uno para el otro, de que, pese a todo, no podrían separarse nunca. Él quiso pedirle disculpas. Ella lo disculpó en silencio. Se besaron; la tierra seguía agitándose; él le quitó la polera; ella le desabrochó el cinturón. Al cabo de un rato ambos estaban desnudos sobre la arena. Él la tomaba de la cintura con fuerza y ella se movía con sutileza sobre él. Él le dijo al oído, mientras hacían el amor, que eran uno, que la perdonara, perdóname, por favor. Ella lo iba a hacer, sin embargo, vino la primera ola. Fue la única que alcanzaron a ver.

10.8.11

QUE TODO SEA UNA PINTURA

De los árboles pintados no caen hojas, pero los de esta plaza son reales y botan muchas, como si el otoño no hubiese sido suficiente, como si la gravedad hubiese aumentado de un segundo a otro y hasta los hombros me pesaran. Es que ahí se acumulan las cosas, incluida la gravedad: en los hombros. También se acumula el cansancio y la tensión y la tristeza. De vez en cuando las hojas. Hojas que daría cualquier cosa por que fueran pintadas y pintado fuera yo también y las barricadas y los capuchas y el caos (¿habrá intentado alguien alguna vez pintar el caos?). Un periodista pasa corriendo a mi lado, casi me derriba, no me pide disculpas, nada, sólo sigue corriendo, entonces pienso que son ellos los que se alimentan del alboroto, el orden no les sirve, periodistas y la reputa que los reparió (¿habrá intentado alguien alguna vez pintar la reputa que reparió a los periodistas?). Los ojos pintados no sufren de estrabismo ni de hipermetropía ni de cualquier mal oftalmológico, pero los míos son reales y están siendo desalmadamente atacados por un gas que no veo. Que lanzaron y no veo. Un par de ojos pintados tampoco lo hubiese visto. Por fin me muevo, no porque quiera sino porque algo me arrastra. En tal caso valdría más decir me mueven. Siento manos y carraspeos e insultos. Yo callo, ni siquiera intento gritar, nadie me escucharía. Hay mucho ruido, ruido pintado, ruido de guerra, ruido hollywoodense, ruido de ruido convertido en ruido. Ruido. Algunos tropiezan, otros aplastan a los tropezados y la batahola pronto se convertirá en lo consignado por informes oficiales del futuro: una hecatombe. La policía no discierne. Está obnubilada. La policía es experta en redadas. La policía está excitada porque no todos los días tiene redadas como éstas. Son cien mil personas. Los lanzachorros pintados no braman agua, pero los de esta plaza son reales y de pronto me tienen de objetivo (¿notaron en todo este rato que no he hecho un carajo y que aún así el cañón me apunta? ¿Habrá intentado alguien alguna vez pintar un cañón?). Y me da. Me da el chorro. Me da sin benevolencia, sin el cariño de un abuelo a un nieto, sin el respiro de un misericordioso cristiano. Me da en el estómago. Y me desarmo. En realidad me derrumbo. Quizás son ambas, y es en este momento cuando me pongo a rezar. Nunca lo había hecho, pero supongo que alguna vez pensé en que lo haría; habré pensado en aquella ocasión que sería durante un instante de suma urgencia. Éste es un instante de suma urgencia. Éste es un instante que amerita un rezo; un rezo para que no me aplasten; un rezo para que todo esto sea sólo la pintura de un excelente artista.

31.7.11

ELLA

Y salió bonita la cabra, salió tan relinda que terminó apareciendo en la tele, en La Red, en uno de esos programas de las cuatro de la mañana desabrochándose la blusa, haciendo el amague de dejar sus pechos al descubierto, pechos, seguramente, cosa que detectaría incluso un ojo inexperto, tan falsos como Adán o Eva o el viejito pascuero, pero redondos y firmes y pechos al fin y al cabo, porque, qué va, nunca va a quedar completamente desnuda, pobre el televidente en su casa que espera poder masturbarse, quizás, sin necesidad de internet, con la televisión abierta de anfitriona, de excelente anfitriona, como quien recupera una antigua afición abandonada por los gajes de la tecnología, porque la cabra es bonita y por cada palabra mal escrita en la pizarra, ora blanca, ora rayada, un botón menos dice la voz en off, ella sonríe, se lo desabrocha e invita al televidente, que aún espera poder masturbarse, a que llame a este número para que responda esta simple pregunta –puede que sea incluso este aún menos complejo refrán, de eso no estoy seguro yo ni tampoco lo está aquél que durante largo rato ha estado viendo el programa, pues no ha hecho más que estar pendiente de si la cabra se saca o no se saca la blusa–, y así pasa la noche, como perro negro, y el programa termina en algún momento, el televidente se queda con las ganas y la cabra, tan bonita ella, es que la genética tiene esas salidas porque vieran ustedes a sus hermanas, huye del canal, ahora abrigada, víctima de la intemperie y del cielo y del aire frío que su creador creó, porque llueve y es invierno y es esa la única explicación para comprender que esa noche haya tenido algo de rating, quedó claro, supongo, que nadie llamó, nadie prestó más atención de la necesaria, nadie. La cabra toma un taxi.

6.7.11

EL AMOR DE LAS CAJERAS (COSAS QUE PASAN EN EL METRO)

Me acerco a la caja. Hay poca gente. En esta estación suele haber tan poca gente. El comentario obligado cuando pasamos por la U.L.A es ¿cachái que acá nadie se baja? A veces pienso que es una estación embrujada o que está maldita o que simplemente es víctima de la casualidad. Así como lo soy yo esta vez; casualmente tengo que tomar el metro aquí. Como no me queda plata en el pase decido cargarlo y ojalá tenga una luca en el bolsillo (busco y me encuentro providencialmente con un billete de dos). Por eso me acerco a la caja. A algunos metros de distancia me doy cuenta de que son puras mujeres las que están de turno, y, estando a centímetros, opto por la mejor de las cuatro. Me paro frente a ella. Hola, mil, por fa, le digo y le paso el billete. (Me ahorro la descripción, pero en resumidas cuentas, desde que llegué la cajera no ha dejado de mirarme y descubro que a ratos me sonríe mordazmente y otras veces se corre el seductor mechón teñido que le cae sobre los ojos y todo en cosa de segundos). No me dice nada, yo miro atentamente sus movimientos; miro cuando mete la tarjeta en esa maquinita cuyo nombre desconozco y cuando digita el monto y cuando abre la caja. La caja. Dentro de ella puedo ver que queda solo un billete de mil pesos, varias monedas de cien, algunas de cincuenta, siete de quinientos, cientos de diez y un par de billetes de cinco (además del de dos que le acabo de pasar y que, por razones de aritmética elemental, no me puede devolver). Es importante este detalle –el de la cantidad de billetes y monedas– porque es el fundamento de mi tesis: cuánto puede llegar a amarte una cajera que te verá una sola vez y, más encima, a través de una capa de plexiglás. En mi caso el resultado es el esperado: la mujer me pasa el único billete de mil que le queda, para así evitarme la molestia de andar con monedas en los bolsillos. Es decir, le gusto. Las otras opciones, en este caso, hubiesen sido: haberme pasado dos monedas de quinientos y una sonrisa mordaz más, resultado similar al anterior; una moneda de quinientos y cinco de cien, signo inequívoco de que no le gusté; diez monedas de cien y ni una sola mirada, irrefutable maniobra de repulsión; o sencillamente cien monedas de diez pesos, única posibilidad de retenerme el tiempo suficiente para que yo –entendiendo sus intenciones– le pregunte el teléfono o la invite a salir o lea su nombre en la tarjeta de identificación que pende de su pecho para agregarla a Facebook, efecto de un sorpresivo y cálido enamoramiento.
En este caso, mi resultado es el segundo mejor, así que le sonrío como agradeciéndole el veredicto –agradeciéndole, en realidad, que me diera un billete–, y doy media vuelta y paso la tarjeta por el sensor y atravieso el torniquete, sin dejar de sentir la mirada de la cajera atravesándome, a su vez, la nuca.

30.6.11

ASÍ LA GENTE POR FIN APRENDE

–Veo, pues, que usted lee mucho, señor.
–Ve usted bien, caballero.
–¿Y puedo preguntarle qué cosa está leyendo?
–Por cierto.
–¿Y?
–¿Y qué?
–¿Qué es lo que lee?
–Ah, leo El hombre que fue jueves.
–A mi parecer, un muy buen título.
–Y una muy buena novela también.
–¿Quién es el autor?
–Gilbert Chesterton. ¿Lo conoce usted?
–Sí, me suena, me suena.
–Pues se la recomiendo.
–Oh, no, muchas gracias, no tengo el hábito.
–Pues cada uno es libre de hacer lo que quiera, no lo culpo.
–Lo dice usted con una sinceridad sospechosa, señor.
–¿A qué se refiere?
–Me refiero a que alguien a quien le gusta tanto leer no diría una cosa así.
–¿Acaso le dije eso?
–¿Me dijo qué?
–Que me gusta tanto leer.
–Oh, no, pero lo deduzco: no ha despegado una sola vez la vista del libro desde que zarpamos, y de eso ya han pasado casi cinco horas.
–Tiene usted toda la razón en eso, pero no en lo anterior. A mí no me gusta leer, por el contrario, lo detesto.
–Entonces lee por obligación, alguien le ha obligado a leer aquel libro.
–No, tampoco, caballero.
–¿Entonces?
–¿Acaso usted lee libros porque debe leerlos?
–Pues cuando lo hago, ciertamente.
–Entonces le explicaré algo: el hombre es torpe y tonto e ignorante, pues, por lo general, hace como usted, o sea, piensa y dice: tengo que leer tal o cual libro. No obstante, ¿nunca ha pensado a la inversa, es decir, que, tal vez el libro es el que deba leerlo a usted?
–…
–Es que el hombre, en su infinita soberbia, no es capaz de aceptarlo, pero cuando usted abre un libro, aquel que en realidad lee es el libro mismo y no la persona. Desde que zarpamos, El hombre que fue jueves me ha estado leyendo a mí.
–¿Cómo?
–Lo que escucha.
–Lo siento, señor.
Luego de esto, el hombre que había hablado primero pensó que el hombre que habló a continuación, era un demente. De modo que se quitó la gorra con educación, dio media vuelta y se fue. El supuesto demente, no obstante, volvió sobre la reposera y continuó siendo leído y siendo golpeado por la brisa del mar e incluso, en algún momento, siendo aludido por el libro que, en susurros, le decía:
–Bien hecho, así la gente por fin aprende.

22.6.11

CIERTAS NOCHES

Ciertas noches el auto está vivo y donde me lleva lo decide él. Ciertas noches el manubrio gime si lo tocas y prefiero dejarlo y que me conduzca adonde no correspondo. Son esas las noches terribles. Ciertas noches el humo de las calles, el frío de esta ciudad que a ratos me parece abandonada, a ratos repleta, a ratos pegada con cola fría, se convierte en un trastorno casi obsceno. Ciertas noches los faroles parecen decirme cosas que no entiendo, balbuceos y gritos y espasmos que al final terminan cansándome. Ciertas noches soy yo y yo y nadie más. Ciertas noches miro a la gente que transita por las calles y veo zombies, veo infieles, veo hijos de putas e hijos de doctores e hijos de abogados. Ciertas noches tú te transformas en el susurro de mis recuerdos. Ciertas noches trato de olvidarte. Son esas las noches más terribles, porque por un segundo recuerdo que estamos vivos y que somos susceptibles al soplo de algún dios o al soplo de la naturaleza o al soplo de nuestra demencia. Ciertas noches la noche me tiene mamando de su teta y lucho por despegarme, pero están sus estrellas y su infinito y qué hacer contra aquello. Ciertas noches los bares y los McDonald’s se esparcen como almacenes de historias que me tientan a detenerme para presenciarlas. Ciertas noches pienso, sin embargo, que las historias sólo aparecen cuando aparece alguien capaz de contarlas. Ciertas noches se me empañan los ojos. Ciertas noches el auto me lleva con las ventanas abajo y la música en 48 y un cigarro encendido no sé por qué puta razón. Ciertas noches escucho Puddle of Mud y Ligabue y Crimewave. Ciertas noches el auto ha muerto y tengo el poder de encenderlo con una llave y conducirlo. Esas noches tu recuerdo se convierte en mi realidad. Ciertas noches te voy a ver. Ciertas noches estaciono el auto junto a los otros y camino por el asfalto de los estacionamientos y enciendo un cigarro yo y lo apago yo y lo olvido yo. Ciertas noches entro ahí cuando nadie me mira y subo hasta la habitación 201. Ciertas noches el segundo piso me parece el último piso de la Torre de Babel. Ciertas noches te amo como a nadie más en el mundo. Ciertas noches te voy a ver mamá. Ciertas noches te voy a ver mamá, sin poder creer. Ciertas noches te voy a ver mamá, sin poder creer, mamá. Ciertas noches te voy a ver mamá, sin poder creer que el cáncer te tiene así. Y son esas las noches insufribles; las noches más implacables.

20.6.11

MANIFIESTO

Destruimos la literatura. Nos consideramos destructores absolutos de literatura. Destruimos la literatura y somos destructores de literatura y le hacemos daño a la literatura y alguien tenía que hacerlo. Porque ya hay genios para que la construyan y hubo genios que la construyeron y habrá genios que la construirán. Porque hay plumas de indeleble e inexorable y sorprendente majestuosidad (¿pomposos talentos de nobles virtudes?) (Genios). Porque son tantos los que escriben bien (Genios) y que levantan torres de la nada e historias del olvido (dueños del antónimo y señores del sinónimo), que debemos existir nosotros. Que debemos demoler nosotros. Demoler. Literatura. Como males necesarios carentes de genialidad y llenos de lo otro (¿Qué otro? Aún no lo sabemos) y que por lo mismo no nos queda más que derrumbar. Derrumbar para comprender. Comprender que eso somos, que eso debemos hacer y que eso hacemos. Con historias baratas. Mal escritas. Eso hacemos. Es el trabajo de una nueva narrativa de escribidores. Que se sume el que quiera. Y el que no, es un genio.

17.6.11

EN LA REGIÓN DEL RUIDO

La tomó de la mano y la apartó de la multitud que saltaba cantando Ashtray Heart y la condujo por unos pasillos tan oscuros como el escenario y la cancha y aquel estrecho gimnasio. Llegaron a un salón no grande, no pequeño, no mediano. Llegaron simplemente a un salón. Estaba repleto y la gente bailaba al ritmo de la canción. Era una fiesta, una fiesta con una banda tributo a Placebo reventando los parlantes. El efecto del éxtasis lo obligó a apretarle la mano. El efecto del éxtasis la obligó a aguantar. Se enredaron entre la gente y chocaron con muchos y nadie dijo nada porque hubiese sido inútil: el ruido era legión y la gente aparecía y desaparecía y él solamente debía sujetarla con fuerza. No tardaron en salir del salón (o quizás tardaron tanto) y volvieron a perderse en los oscuros pasillos, chocando con otros invisibles igual de perdidos, igual de extasiados y de obligados a merodear como demonios sin rumbo. Él no sabía adónde irían a parar. Ella en cambio lo hizo parar enseguida. Y lo apretó contra una muralla que supuso estaba ahí. Y comenzó a besarlo. Y él se dejó. Y ambos se besaron. Y se besaron como adolescentes y sus cuerpos se frotaron con alevosía y la música no dejaba de sonar y los murmullos sin sentido y las palabras sin destino. Ella le desabrochó el pantalón y él le sacó la camiseta (rosada, con una calavera estampada, sin mangas y media rota). Apoyados en aquella pared sentían cómo la estructura vibraba y cómo vibraban sus cuerpos y cómo sus historias iban mezclándose como tinta, como tinta sobre el papel o en el lavamanos. Nunca pararon de besarse, ni siquiera cuando él le acarició el cabello corto, negro, ni cuando ella le dijo algo que él no logró comprender entonces, pero que comprendería luego, ni cuando la penetró e hicieron el amor como tantos otros esa noche. (En aquel gimnasio; en aquel planeta). Cuando terminaron, la música seguía sonando y ella le repitió lo que le había dicho antes. Justo cuando abrió la boca un fugaz instante de silencio los envolvió y él la escuchó. Necesito tu riñón, le dijo ella. Ella le dijo eso. Le dijo eso. Él entonces abrió los ojos (los había tenido cerrados durante horas, ¿para qué los necesitaba en aquel lugar?), y antes de que alcanzara a replicar, ella le clavó la jeringa en su estómago descubierto.

6.6.11

NOCHE EXTRAÑA

Noche extraña. Noche espesa. Noche hermosa. Noche de sirenas. Noche de verdades, de inclemencias, de vanidades. Noche entregada. Noche de suspiros. Noche de noches que son noches porque no pueden ser más que noches. Noche de igualdades. Noche casi día. Noche entre tus brazos. Noche real maravillosa. Noche basada en hechos reales. Noche partida y pegada con scotch. Noche liviana. Noche que canta. Guitarra de noche. Noche entre luces. Noche que es peligro. Noche tuya. Noche alta. Noche que nos pesa y que nos invita a dormir y que nos plantea como quien muere de nostalgia: ¿será ésta la última noche?

30.5.11

EL BESO ANTES DEL BESO

Quisiera apostarte un beso a que el beso viene antes que el beso. Pero es tan absurdo que, seguramente, incluso yo terminaría asumiendo mi derrota antes de terminar de hablar. Ahora, perder en este caso –perder en casos circunstancialmente similares a éste– no es realmente perder, pues de todos modos tendría yo que darte un beso para saldar la deuda y, de paso, tácitamente quedaría claro lo que por un momento consideré absurdo: que efectivamente el beso viene antes que el beso.

17.5.11

EN OTOÑO, LOS CARACOLES

El señor de los caracoles llegó de improviso una noche a mi dormitorio. Silencioso, sin despertarme, se arrimó en el velador y se aclaró la voz antes de hablar:
–Muchacho –me dijo.
Tardé en oírle. Su voz era como un silbido apagado.
–Muchacho –insistió intentando dotar su intención de una severidad imposible para un caracol. Abrí primero un ojo.
–¿Quién es? –Pregunté.
Percibí un minúsculo movimiento en mi velador, sentí un rumor viscoso y, entonces, abrí el otro. El caracol me había despertado. En ese momento supuse que era un sueño o quizás una pesadilla, aunque para efectos oníricos es la misma cosa. Sin embargo, horas después, no me quedarían dudas de que nada podría haber sido más real que lo que me tocaría experimentar.
–¿Caracol? –Le pregunté.
–Muchacho –me contestó.
–¿Qué significa esto?
–Vengo a reclamarte en nombre de los caracoles.
Me senté apoyado en la cabecera y encendí la lamparita a mi costado. Los cachitos del caracol se asomaron.
–Tenemos un listado –continuó el caracol sacando una pequeña lista de su concha– de todos los caracoles que has asesinado de un modo u otro.
–¿Qué?
–Lo que oyes.
Por un momento pensé en lo absurdo que resultaría si mi madre entrara y me viera hablando con un caracol. Con quién hablas, imaginé que me preguntaría. Con nadie, le contestaría. Quédate dormido, me diría y luego se iría.
–Desde agosto de mil novecientos noventa y tres, a la fecha –dijo el caracol–, has matado tres caracoles con la mano, ochenta y cuatro con el pie y nueve babosas con sal.
–Como todo niño –argüí en mi defensa.
–¿Qué edad tienes?
–Veinte años.
–¿Te consideras un niño?
–No.
–Bien, tu mayor acto de genocidio contra los caracoles fue hoy: mataste a treinta y dos en cosa de minutos.
–No, no, debes estar equivocado –dije sin comprender el porqué del nerviosismo que empezaba a invadirme–. Hoy no maté a ningún carac…
Es otoño, pensé, y sólo entonces comprendí. Durante la tarde, cuando venía de vuelta de la universidad, me dediqué a pisar todos los montones de hojas que había a lo largo de mi calle. Nunca habían estado tan crujientes, le comenté a mi hermana cuando llegué. Claro, no habían sido las hojas.
–¿Cuál será mi castigo? –Pregunté intentando serenarme.
–Un ejército de caracoles viene para acá –el caracol se detuvo para luego sentenciar:– Has sido condenado a muerte.
–¡Pero si fue sin querer! –Exclamé.
–Lo siento, muchacho.
Y así el señor de los caracoles emprendió su regreso. Yo, en tanto, solté una risotada y alcancé a decirle:
–Da lo mismo, con lo lentos que son, para cuando lleguen yo ya me habré ido.
Y volví a reír. Una risa ahogada, claro, cuando me percaté de que los caracoles, en su silencioso andar, ya eran una horda infinita en mi cubrecamas.

5.5.11

POST





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Me gusta también que en tu foto de perfil salgas sonriendo. Y sí, apenas te conozco, o te conozco en binario, es cierto, pero sé de todos modos que existes, lo sé porque te vi una vez, me conseguí tu nombre y te agregué a Facebook. Lo más chistoso es que si yo apenas te conozco, tú no me conoces nada y aún así me aceptaste. Me da risa; no es que me ría de ti, sólo me da risa. Te juro que no me estaba riendo de ti, sería un idiota si te lo dijera. Qué patético es reírse solo frente a la pantalla del computador. Si tan sólo ésta también se riera. Hay un programa que lo hace, me lo voy a bajar más rato, después de ver Star Wars, la van a dar en el cable, en el 35, vela. Bueno, como te decía, te conozco en binario. ¿Sabes a lo que me refiero? Unos y ceros, claro. Digitalidad. Matrix. No sé si viste esa película, pero es el vaticinio exagerado de lo que nos va a caer encima en un par de años. Pero tampoco es pa’ morirse de miedo. A mí me parece más bien triste, no sé, yo vivo solo, pero sé de familias que bajo el mismo techo se comunican por chat, por Whatsapp, así se comunican. Este post está saliendo más largo de lo que esperaba, y estoy viendo The BigBang Theory. Te invitaría pa’ acá, a mi departamento, vivo solo, no sé si ya te dije, típico de provinciano. Pero no te puedo invitar así, con un mensaje que todos van a leer. Quizás te mande un inbox más rato. Oye, ¿en qué estábamos? ¡Ah! Te conozco en binario y, no sé, lo he conversado con mis amigos cuando tarreamos o cuando comentamos libros de ciencia ficción, y me dicen que quizás es mejor que empecemos a conocernos por Facebook primero, las fotos, las cuestiones, tú entiendes. Antes te puse que no me conocías, pero fue una especulación, ¿me has visto alguna vez en la U? Soy mediano, tengo el pelo largo, uso anteojos y tengo un maletín con parches de Iron Maiden. Paso harto rato en los computadores porque me gustan, además… ¿Tú crees que vas a leer este post? Igual es largo. Porfa avísame cuando lo leas. No sé, déjame un mensaje o… Bueno, te dejo, voy a ver a Salfate, me encanta, yo sé que tiene razón en muchas cosas pero todos lo miran a huevo, se burlan de él, etcétera. Para cerrar sólo quisiera decirte una última cosa, y quizás esto le dé sentido a todas las estupideces que acabo de escribir tratando de hacerme pasar por un maldito nerd, convenciéndote de eso sólo para que entiendas lo que a continuación te diré: es triste ver cómo las costumbres en algunas culturas se redujeron a simples aplicaciones para iPhone. No dejes de pensar en ello.

Hace una hora a través de iPhone

27.4.11

QUIERO TU MEJILLA

Córrete el pelo que quiero darte un beso en la mejilla. En la mejilla. No puedo. Tienes el pelo. Quiero darte un beso en la mejilla, córrete el pelo. Un beso. En la mejilla. Córrete el pelo. Me gusta tu pelo, pero quiero darte un beso en la mejilla. Quiero besarte. La mejilla. El pelo largo te cae sobre la mejilla, no puedo darte un beso. Córrete el pelo que quiero darte un beso en la mejilla. No te acerques a saludarme con el pelo en la mejilla. Descúbrete la mejilla. Quiero darte un besito en la mejilla. Pero está tu pelo, como cortina, tu pelo. Córretelo. Quiero tu mejilla. Te beso el pelo.

13.4.11

LA HISTORIA INCORRUPTIBLE

¿Sabes leer?, le pregunté en un arameo perfecto, estirándole las hojas. El brillo en los ojos del muchacho luchaba por desarmarme, pero yo ya sabía a lo que me enfrentaba, me lo habían advertido. Sí, me contestó y las tomó sin despegar su mirada de la mía. Bien, entonces comienza a leer y memoriza, le ordené y luego me asomé a la calle agazapado en la pared. Artesanos y mercaderes habían terminado hacía escasos minutos de levantar sus tiendas y comenzaban a instalar su mercancía. La gente iba apareciendo de a poco, como si fueran estrellas en un cielo despejado, esparciéndose y aglutinándose frente a la diversidad de puestos. Al cabo de un rato el mercado bullía, todos iban de un lado a otro vueltos locos, comprando, regateando, peleando.
Desde mi posición podía ver también la entrada al templo, las escalinatas que ascendían hasta el primer portalón de la inmensa estructura y el marmóreo color de sus paredes. Hasta ahí debía llevar al niño. Ahí mismo debía abandonarlo. Pensé en cómo lograría Tito décadas después hacer desaparecer aquel palacete. Pero luego lo consideré un cuestionamiento inútil, ¿en qué estaría el niño?
¿Aún no terminas?, le pregunté. Él no despegó la vista del papel y permaneció en silencio. ¿Acaso no se sorprendía con nada? Me alejé de la pared y me acerqué hasta donde estaba. Me agaché hasta quedar a su altura y le expliqué de nuevo el plan. Le expliqué con peras y manzanas. No soy estúpido, me espetó sin dejar de leer. Bien, acerté a decir, entonces no me falles, ¿OK? Por primera vez en todo ese rato el muchacho levantó la vista como preguntándome qué diablos significaba OK. Sonreí. Por más que el niño fuera un iluminado, yo estaba años de historia por delante de él. Da igual, le dije escondiendo mi satisfacción, sólo mantente sujeto al plan.
A mediodía el chico acabó. Yo me había sentado en el suelo de aquel oscuro callejón y su voz segura me sorprendió dibujando en la tierra. Me levanté y sacudí mi túnica. Jesús me devolvió las hojas y, lo que ocurrió a continuación, permanecería en mi memoria durante largo tiempo. El muchacho me abrazó, me tomó de la mano y permaneció en silencio algunos instantes. Luego se despegó. Estaba confundido, me dijo. No sabía qué hacer, me dijo. Y pese a que aún no lo tengo claro, sentenció, tú me has enseñado aquello que precisamente no debo hacer. Luego se largó a correr hacia el templo donde los sabios se habían instalado a parlamentar. Yo quedé estacado a la tierra dibujada de aquel callejón. Sólo atiné a darme vuelta algunos minutos después y a ver desde lejos al niño interfiriendo en aquella tertulia, a la historia incólume burlándose de mí y de nuestra promisoria ciencia.

31.3.11

EL RESULTADO

Llevo diez minutos aquí, esperando, y no puedo dejar de pensar en lo insultante que resulta ver pasar el tiempo como desfile de leprosos. Me dijeron una hora, en una hora más estarán listos los resultados, señor, y siento como si esa hora hubiese pasado ya, hace mucho, mucho rato. Pero no, han sido sólo diez minutos, tan eternos como eternos serán los siguientes y los subsiguientes.
La sala donde espero está llena de gente esperando. Esperando quizás los mismos resultados que yo, u otros o quizás no esperen nada y sólo se contenten con leer las revistas ajadas esparcidas sobre el mesón central. Un niño tose a mi lado. Una mujer da de beber a su hijo. Un anciano chasquea la lengua, al parecer tararea un tango o tal vez un vals. Por la ventana cerrada entra sólo el galopar del viento, del viento que se hace dueño de mi ciudad y que la derrumba en silencio, grano a grano, con la lentitud del tiempo que pasa cimentando la senda de ese resultado que me es esquivo, escondido tras el minutero, suspendido sobre los unos, los dos, los tres, los doce.
Vuelvo a mirar el reloj y no puedo creerlo. Levanto la vista hacia el anciano. Luego vuelvo a bajarla hacia el reloj para cerciorarme de lo visto y mi angustia se vuelve ahogo –y el ahogo desesperanza– cuando compruebo que ha pasado apenas un minuto desde la última vez que vi el reloj. Es que esperar mata, agota, agota el alma, agota los nervios, agota todo. Si no pregúntenle a Penélope o a la del muelle de San Blas o a Tongaroki. Termina por carcomernos los huesos y las entrañas y las ideas. En cualquier momento me seco como sarmiento.
De la puerta por donde debiera salir el resultado en las manos de alguien, sale alguien sin el resultado en las manos. Se eleva un murmullo general que se apaga de inmediato. Alguien vuelve a entrar. Alguien es mujer. Yo, en tanto, recurro una vez más a mi reloj con la esperanza de no caer en la angustia de exhortar a alguien. Pero es como querer derrotar al mar y al viento y a los animales del pesebre juntos: han pasado sólo dos minutos desde la vez que me cercioré de que había pasado un minuto desde la última vez que había visto el reloj. Nada que hacer, salvo quizás, algo de trampa. Recorro una vez más con la vista la sala, me detengo en cada uno de sus componentes y me alegro de que nadie esté pendiente de mis movimientos, de mi mano que se cuela en el bolsillo y saca el aparatito que asesinará a esa banda de leprosos desfilando. Tomo los audífonos, me los ensarto en las orejas y enciendo el reproductor, pues, cuando se espera, la música es lo único capaz de disfrazar los segundos y hacerlos más llevaderos, como una banda ruidosa de payasos y saltimbanquis de oro.

23.3.11

AQUELLO INDESCRIPTIBLE

Tenemos que saltar. A nuestras espaldas se asoma aquello indescriptible, y es cosa de minutos para que llegue hasta donde estamos. La tierra vibra bajo nuestros pies; el viento arrecia despeinando las copas de los árboles y sacudiendo las nubes. Aquello indescriptible está vivo, se mueve como un potro embravecido y no deja de avanzar arroyando todo a su paso: casas, establos, lagos, valles. Y nosotros al borde del abismo, como condenados sobre el patíbulo esperando dejarnos caer para que la soga estrangule nuestros cuellos. Tenemos que saltar, me grita Benzio. Sólo entonces noto que el ruido es ensordecedor, como un millón de tronaduras simultáneas, como un millón de turbinas revolucionadas. El cielo comienza a cubrirse, y es que el polvo levantado por aquello indescriptible es como el inmenso telón que cierra el escenario, la obra está que acaba. Intercambiamos un par de palabras más con Benzio. No sé si comprendí lo que quiso decirme o si él comprende lo que yo estoy tratando de decirle ahora. Lo cierto es que frente a nosotros sólo hay vacío y aire y eco y el eco de aquello indescriptible que sacude la tierra, que nos sacude a nosotros, que sacude incluso al viento. Hay que saltar. Hay que despertar. Despertemos, Benzio, le digo. Cómo, me pregunta él. Te digo que despertemos de esta pesadilla. Pero si estamos despiertos, me espeta y luego salta, y con qué coraje lo hace, pues al verlo reventarse contra las rocas, despedazarse en los peñascos y quedar esparcido en jirones de carne y sesos, yo giro sobre mis talones y doy un paso hacia delante. He decidido enfrentar aquello indescriptible aun sabiendo, luego de ver aquella escena, que naturalmente no estoy dormido. Quizás sobreviva. Quién sabe. Me largo a correr.

MENSAJE DEL AUTOR

Nueva Narrativa se cuadra con Carlos Montes y su familia. Que hagan de tripas corazón y se esfuercen por salir airosos de esta dura prueba, pues, como diría Saramago "las respuestas no llegan siempre cuando uno las necesita, muchas veces ocurre que quedarse esperando es la única respuesta posible".

22.3.11

NO SOMOS NADA

Una flor pintó con polen un ladrillo del muro, mientras un hombre pintaba con pintura los muros del templo, mientras las nubes pintaban con lluvia los templos, mientras Obama pintaba con nubes el cielo, mientras el universo pintaba cielos en los planetas, mientras Dios metía un dedo en su café y lo ponía sobre sus universos, esperando a que la gota que pendía de su yema cayera y pintara la vida.

15.3.11

POR QUÉ ESCRIBÍ ESTO, NO LO SÉ

Una bolsa de basura se encuentra con una bolsa de supermercado y se quedan mirando largo rato, como jugadores de ajedrez, como estatuas craqueladas, como átomos estáticos prendidos del aire. La primera es la que rompe el silencio y pregunta si es que la otra, acaso, va a estar ahí parada toda la noche. La segunda se agita levemente, como si una ráfaga de viento la cruzara, y le contesta que eso no es asunto suyo y que será mejor que la que se mueva sea ella y de paso se meta su dignidad de bolsa de basura por donde le quepa. La primera no hace ademán de moverse y, contrariada, replica que su dignidad de bolsa de basura jamás será diezmada, ni aunque mil kilos de escombros la utilicen, ni aunque una bolsita de supermercado, menudita, blanquita, tan frágil como ella, la obligue a moverse. La aludida pierde los estribos –no le gusta que la llamen frágil, pues, naturalmente, lo es y basta con enterarse de que, para llevar dos botellas de Coca Cola se necesitan dos bolsas como ella, para reconocerlo–, y se lanza flameando contra la bolsa de basura. ¡Ay, Dios! Y es que una pelea entre bolsas no se la recomiendo a nadie porque, entre el ruido y el griterío, no somos capaces ni siquiera de ver lo que pasa a nuestro alrededor. Eso lo digo con conocimiento de causa, pues quien les escribe prefiere gastar el tiempo en soberana estupidez como lo es una pelea entre bolsas, en vez de escribir algo en conmemoración de nuestros hermanos japoneses, que tan mal lo están pasando. Al respecto, puedo decir al menos, que tienen los ojos rasgados pero ven mejor que nosotros.

13.3.11

LA REALIDAD DE LOS ESCRIBIDORES

Poco después de ofrecerle una galleta, el hombre se perdió en los ojos de la mujer. Desde ahí no sólo logró ver su café enfriándose abandonado y el croissant embadurnado en azúcar a medio comer, sino además las tristezas de la mujer como lagos crispados por la lluvia; su historia con altos y bajos, como una cuesta que a ratos se vuelve sinuosa y escarpada, e inmediatamente se torna lisa y llana; y sus sueños y pretensiones. Ahí el hombre se internó en un sendero del cual saldría completamente derrotado. La mujer quería un futuro próspero; la mujer quería lujos y placeres; la mujer quería viajes y autos y souvenirs; la mujer quería vivir mucho más de lo que ya había vivido hasta entonces. De modo que el hombre escapó rápidamente de los ojos de la mujer, pagó el café frío, el croissant mascado y las galletas compartidas. Luego, sin despedirse, regresó a su departamento, tan pequeño, tan escaso de pretensiones, se sentó frente a su máquina, su único bien, y se puso a escribir la realidad de los escribidores.

11.3.11

ÉSE SOY LA HUMANIDAD

Ése soy yo. El que está debajo del farol. Ayer estuve toda la noche de pie en la vereda de enfrente, así que hoy decidí cambiar. Quería un poco más de luz, supongo. El que está a mis pies es mi pastor alemán –es más fácil describirlo de ese modo, considerando que, evidentemente, es un quiltro–, Ulises. ¿Ulises como el de la Iliada?, me pregunté cuando decidí llamarlo de algún modo. No, me contesté, Ulises como el de Joyce. Luego hubo un largo silencio, no hacía mucho frío, y me puse a hablar con él sobre cosas como la vida de vagabundo, la vida que nos cayó de pronto, vaticinada por cierto, pero… pero que finalmente nos cayó como un cielo apocalíptico sobre nuestros hombros. La verdad es que nunca creí que terminaríamos así, pero ¡ay! Ése soy yo. Y el farol continuará encendido toda la noche, hasta las primeras luces del alba, hasta los últimos ladridos, hasta que Ulises se levante y comience a buscar lo que nosotros también buscamos.
Son dos tristes esmeraldas, son tres tristes pececillos, son cuatro posibles panoramas, en tu plato de caldillo. No sé de quién es la canción, pero recuerdo haberla escuchado muchas veces. Me gusta cantarla durante las mañanas mientras veo al resto de los vagabundos buscar una explicación. Vagabundos somos todos, pienso al punto, y es el castigo merecido. Y es que tanto tiempo creímos en el fin del mundo, en el fin de los días tal como los conocemos; y qué equivocados estábamos.
Ya ha pasado tiempo desde aquel 21 de diciembre de 2012. Ése soy yo. El que está debajo del farol. No es el mismo yo que respiraba hace uno, dos, qué se yo, tres años. La gente, todos, esperábamos la inminencia de un terremoto, de un cataclismo; ya había ocurrido en Chile, en Japón, en Haití, sólo faltaba que la Tierra explotara y dejara de quejarse. Eso era lo que los mayas decían, ¿cierto? Sin embargo. Sin embargo… ¿Acaso en realidad cabía otra posibilidad? Yo antes de aquel día era profesor de lenguaje; ahora soy un vagabundo como todos, pues el fin se dio de ese modo: de un día para otro todos nos convertimos en pordioseros.
¿Hay acaso peor castigo que ése?
A veces he llegado incluso a pensar en que una explosión solar, un meteorito, los extraterrestres o veinte bombas de neutrones hubiesen sido mejor. Pero el daño es al alma y a la dignidad y el planeta se cansó de aguantar nuestros aires de omnipotencia. Por eso con un chasquido nos convirtió a todos en miserables.
Buen trabajo. Se merece un aplauso.
Ése soy la humanidad.

1.3.11

ELLOS QUE ANDAN POR ALLÍ, POR ALLÁ

Son los que se te enredan en las piernas cuando caminas por tu casa; los que alteran el orden de tu dormitorio cuando no estás; los que enmudecen la noche y los que la convierten en una hora inhóspita y tétrica. Son los que cantan en silencio cuando crees que nadie te acompaña y los que te vuelven humano por ser incapaz de verlos. Son invisibles, mas no por ello menos trascendentes. Son trascendentes, mas no por ello fundamentales. Son de la tierra y son de la historia. Son los que hacen esos ruidos molestos, esos ruidos inexplicables a altas horas de la noche. No es que la casa cruja. No es que la llave haya quedado apenas abierta dejando escapar un pequeño reguero de agua. No es que el viento afuera meza las hojas. No son las explicaciones de Ockham. Oh, no. Son ellos y nos miran. Nos miran y nos siguen y como bien dije: se enredan en nuestros pasos, y como bien mencioné: alteran nuestro orden, y como bien insistí: viven entre nosotros sin que podamos verlos. Son las sombras que a veces creemos ver atravesar el vestíbulo o el comedor o el pasillo. Es la respiración parasitaria que algunas noches no nos deja dormir. De nosotros saben poco, pero no puede ser de otra manera: nosotros de ellos sabemos mucho menos. Y es que incluso aquello es imponderable o cuanto menos ligero, pues lo que nos falta a nosotros a ellos les sobra y aquello que a ellos les sobra nosotros lo denominamos mundanamente “magia”. Magia que en casos enfermizos como el mío, invade mis apuntes y rasga las hojas de mis cuadernos, pues son ellos mismos los que noche a noche me susurran al oído aquello que no sucederá, pero que de todos modos yo podré convertir en mi ficción. Son ellos los que me dan cada idea que escribo, cada letra que ideo y cada cálculo que pretendo transformar, finalmente, en un relato.

26.1.11

SANTIAGO ENSUEÑOS

Lejos de mi ciudad –y por lo mismo extrañándola como mártir a su vida–, anoche soñé que tomaba a Santiago con mi mano derecha y lo ponía a un costado del mar. Como la concatenación precipitada de un proceso ineludible, el agua bañó las periferias y el esmog huyó por el espacioso océano. Las gaviotas se anidaron en los altos edificios, el viento orquestó de pronto su sinfonía y el semblante de la gente cambió a uno prístino y tranquilo. Se construyeron faros para los barcos que comenzaron a llegar desde ultramar y, del mismo modo, se construyó un puerto cuyo nombre conmemoró a algún prócer de la patria. Cuando llovía y se aproximaban las nubes y los vientos arreciaban y el frío aguijoneaba las casas, los puentes, las torres, las gentes se refugiaban en sus hogares y veían televisión y pensaban en lo hermoso que era vivir a un costado del mar o quizás pensaban en lo hermosa que era la lluvia cayendo sobre el océano, o tal vez simplemente no pensaban en nada y sólo veían televisión. Cuando en cambio el sol inundaba cada calle, rebotaba en los faros y calentaba los fierros de los puertos y las grúas, las gentes salían de sus casas con la alegría de intuir, al menos, que una mano amiga, en algún sueño, había puesto a Santiago al lado del mar.

13.1.11

CAMINAR POR LA CALLE

Sólo camina.
El olor al asfalto húmedo. Las luces que motean como luciérnagas estáticas los altos edificios, espigados como tótems de concreto, como semidioses de una sociedad que hoy es agua diluyéndose entre los resquicios de la historia. La noche. La noche que de pronto llega y se instala a ver televisión contagiada por el trajín de quienes ya han vuelto de sus trabajos, de quienes bufan, maldicen o simplemente se resignan a asimilar que el día recién pasado se repetirá al día siguiente, y al siguiente, y al subsiguiente, hasta que aquellos tótems, hasta que aquella noche contagiada, hasta que el asfalto húmedo simplemente desaparezcan. Desaparezcan.
Hace frío.
Reflexiono y mientras tanto intento avanzar, paso a paso, pasos que pretenden ser distintos, pasos de hombre invisible, pasos de ciego. La ciudad también camina a mi costado, pero con la lentitud de un soldado pusilánime escapando de la batalla, que vaga perdido en medio de la oscuridad. Las calles que atravieso –Bandera, Morandé, Teatinos– van quedando atrás, botadas como monedas de 1, de 5, de 10. Hace frío. Pienso en que los autos que transitan la Alameda han transitado ya otras calles. Pienso también en que no quiero hacer nada más que caminar. Escucho un bocinazo o quizás no lo escucho, quizás sea sólo mi imaginación. De todos modos sigo andando hasta detenerme en frente de una botillería. Está cerrada y no es algo que intuyas, no es algo que huelas, no es algo que oigas, es algo que simplemente te va pisando los talones, te va sacando los zapatos con rudeza. Caballero, está cerrado, me dice un hombre que se detiene a mis espaldas. Yo no me volteo. Reconozco algo de temor en su voz, un tembloroso resabio de indecisión. Me quedo callado. Caballero, está cerrado, insiste. Quizás pretende que me dé vuelta, que le diga sí, lo sé o gracias, vaya, no me había dado cuenta, o tal vez, deja de joder, huevón, que no estoy aquí por la botillería. Pero me quedo callado. Pero los autos que afluyeron en la Alameda siguen pasando. Pero la ciudad aún camina. Pero las calles ya quedaron botadas.
A lo lejos un ladrido. A lo cerca el hombre que da un paso hacia mí. Caballero, entrégueme todo lo que tiene. Yo no me muevo. No tengo miedo pese a no haber intuido nada. Por favor, no haga las cosas más difíciles, me dice. Yo le respondo en silencio (en silencio empapado no obstante de noche, de noche-ruidos, de noche-capitalina). Siento entonces que el hombre hace un ademán, que revuelve algo en su bolsillo, que recuerda a su familia, que piensa en sus hijos, que maldice a sus enemigos, que no sabe por qué hace este tipo de cosas, que no le gusta la noche. Luego siento el cañón clavado en mis costillas. Entonces, sólo entonces, le pregunto:
–¿Estás seguro de que lo que buscas es robarme?
A lo que el hombre contesta:
–No.
No es algo que intuyas.
Sólo camina.
El hombre hunde aún más el cañón en mis riñones. A continuación me dice que hace días que me viene siguiendo –cómo es que no lo oí–, que hace días que anda cerca de mí –cómo no lo vi–, que después de todo lo ocurrido sólo desea matarme –cómo no lo intuí–. ¿Qué es todo lo ocurrido?, le pregunto. Lo ocurrido es que por aquí camino yo, y que desde hace algunos días dejé de hacerlo pues tú me has quitado el espacio, me contesta. Siento el frío del acero traspasar mi chaqueta, mi camisa, mi camiseta. Entonces le ofrezco lo único que tengo para ofrecerle. Vamos, caminemos juntos. El hombre duda. El hombre es reacio a este tipo de circunstancias. Pero no es asesino, sólo quiere matarme porque le he arrebatado su legítimo derecho a caminar y reflexionar. Segundos después quita el cañón de mi espalda. No es un asesino, vuelvo a pensar, o tal vez pienso en lo convincente que puedo llegar a ser en ocasiones o quizás no pienso en nada. Lo cierto es que el hombre me dice sí, vamos. Y así emprendemos camino mientras hablamos de nuestras vidas, de los soldados pusilánimes que escapan de la guerra, de los edificios; mientras la noche sigue diluyéndose por entre los resquicios de la historia.

15.12.10

CONCHETUMADRISMO

No soy ni fascista ni comunista, ni machista ni ecologista, ni segovista ni bielsista; no soy ni piñerista ni laguista ni bacheletista ni freista; ni progresista ni aliancista, no soy ni derechista ni izquierdista, ni somocista ni sandinista, ni americanista ni latinoamericanista; no soy ni artista ni oficinista, ni materialista ni consumista ni sencillista, ni paracaidista. No soy ni bolañista ni bolañista ni mucho menos bolañista, yo soy simplemente un conchetumadrista más –sí, así es, uno más, como si faltaran–.
Y déjenme decirles que el conchetumadrismo no es un ismo al cual sea fácil adscribirse, considerando todo lo que consigo arrastra, como un tsunami que vuelve al mar lleno de maderas, autos, gente, lleno de basura. Es un estilo de vida suturante, ácido, en cuyos estatutos reina más bien el caos y el desorden; en donde no se entra intencionalmente sino que se cae de sopetón, sin previa alarma, como jalado por una gravedad negra.
El conchetumadrismo no se trata de ser conchetumadre –aunque etimológicamente debiera serlo–, sino más bien es la búsqueda de un excesivo pesimismo, es la intención acérrima de alcanzar un nivel considerable de obstinación frente al optimismo que busca entregar-recibir-esparcir esta humanidad ya condenada. En definitiva, el conchetumadrista no es pesimista, es sólo conchetumadrista.
El paradigma –en este caso nuestro ejemplo emblemático– es el que se suele narrar durante las convenciones de conchetumadristas novatos, aquellas convenciones llenas de vino, galletas y conchetumadristas en ciernes que pretenden, de cualquier manera, aceptar y asimilar el estatus dentro del cual, sorpresivamente, han sido encasillados. Cuentan que, algunos meses antes del cambio de milenio, un optimista religioso se acercó a un conchetumadrista en el metro de Santiago. El optimista religioso, cuyo nombre de momento reservaremos, le preguntó, como quien se entrega a la casualidad, lo siguiente:
–¿Usted cree en Dios?
–No –contestó secamente el conchetumadrista.
–O sea, ¿cree que el mundo se acabará cuando cambiemos de siglo, es decir, dentro de algunos meses, y que Dios no tendrá misericordia ni salvará a los bienaventurados?
–Tampoco creo en eso.
–¿Entonces en qué cree usted?
–Creo en que la humanidad está condenada y punto.
–Eso es ser pesimista, señor.
El conchetumadrista miró de arriba abajo al optimista religioso, le lanzó una mirada de lago congelado y le dijo como queriendo decirle váyase a la concha de su madre:
–Pesimista es quien te dice que la humanidad va a ser aniquilada por el mismo planeta Tierra, que será arrasada y desahuciada y extinta como los dinosaurios. Yo no creo que sea así. Es más, le aseguro que eso no será lo terrible, lo terrible será que el planeta no logrará destruirnos por completo.
Pese a no comprender del todo la sentencia, el optimista religioso palideció y, sin despedirse, se alejó del conchetumadrista. Éste, en tanto, volvió a hundirse en sus pensamientos, como si lo que acabase de suceder no tuviese la más mínima preponderancia en su miserable existencia.
Aquel ejemplo, claro para quienes somos conchetumadristas desde siempre, engorroso para aquellos que recién han caído, es el fiel reflejo del caldo de cultivo dentro del cual esta tendencia germina. Y es tal el nivel, que les confieso haberme tomado el tiempo de escribir esto para ustedes, pues para cualquier otro conchetumadrista este montón de palabras no será más que eso, un montón de palabras. Es más: un montón de palabras de mierda.
He dicho.

6.12.10

UN ÚLTIMO RESPIRO

Tu risa se convirtió en cáncer; tus ojos en pantanos de noche; tu sangre en cianuro; tu amor obligado en la obligación de un amor. Te transformaste en todo lo que nunca esperé que fueras, claro, si es que pudiese comprobar de alguna manera que alguna vez esperé que fueras de algún modo. Constituiste los límites de mi felicidad e hiciste lo posible para que yo no pudiera traspasarlos. Tu pelo se convirtió en un pozo de culebras; tus palabras en vituperios insalvables; tus brazos en los brazos del verdugo; tu sombra en el más fiel retrato de tu personalidad. No creo que antes de morir, antes de atravesar ese umbral, te hayas arrepentido de algo. Es más, sé que tu último pensamiento no fui yo, y no me esperaba que fuera de otro modo. Lo único que me da lástima es no haberte dicho todas estas cosas a la cara, ¡no haber tenido el coraje! Y por lo mismo entiendo que la explicación a este miedo –inoportuno, por lo demás– se debe a que, por más peso que posea el racionalismo, aún hay posiciones insoslayables dentro de la naturaleza, posiciones inalterables, estatutos en cuyos fundamentos yace la fuente de estas lágrimas que –no sé por qué, de veras no lo sé– se deslizan como inmigrantes silenciosos que escapan de su país, que escapan a través de mis pómulos, de mis mejillas y se pierden en mi cuello, y se estrellan contra mi camisa. Tienes los ojos cerrados, mamá, sellados, herméticamente abstraídos, herméticamente apagados, y por lo mismo, eres incapaz de ver lo que todos sí vemos: en el Cielo no te esperan y en el Infierno ya no queda espacio; te quedaste en la nada, que es lugar al cual verdaderamente perteneces. Nada. Yo escribo, ¿lo recuerdas? Perdón: ¿Lo supiste alguna vez? Quizás por eso estas palabras te suenan bien, te suenan a agua de manantial dibujado, a crepitar de fuego en una hoguera, y no sé qué más decirte. Qué más decirte. Pues que a pesar de todo te quise, o al menos quise quererte.

El muchacho se apartó del ataúd. Era de noche y afuera llovía. Nadie había asistido al velorio de la mujer. Nadie tampoco asistiría. El muchacho pensó en que cada quien cosecha lo que siembra, y pensó también en esas posiciones insoslayables de la naturaleza. Lo pensó varias veces mientras se ponía la casaca. De hecho, fue lo último en que pensó antes de salir de la iglesia y dejar el portalón abierto. ¿Por qué?, se preguntaría horas después el sacristán. Para darle un último respiro, le contestaría el muchacho si es que lo hubiese escuchado.

24.11.10

LO QUE ELLOS HACEN MIENTRAS (NOS DES)VIVIMOS EN NUESTRAS CIUDADES REPLETAS E INFESTADAS, TAN LLENAS DE NOSOTROS; TAN, POR ESO, REPUGNANTES

Una tarde, Aldo bajó volando de su nido hasta la madriguera de Roberto. Aldo era un gorrión y Roberto un conejo. Ambos vivían en el mismo bosque. Ambos tenían una pequeña familia. Ambos compartían una misma inquietud que desde hacía días los tenía sin dormir.
La madriguera se hundía casi un metro bajo tierra. En sus paredes los grumos de tierra se acumulaban heterogéneamente y eran surcados por intrincadas raíces. Alguien llevaba la cuenta de los días en una pequeña roca. Al parecer era Roberto.
Aldo se detuvo antes de entrar a la galería. La humedad de ésta acabaría con la grasa de sus alas y le haría un daño irreparable, como el que el sol le hizo alguna vez a Ícaro. Un daño que incluso podría afectar a Roberto, ya verán luego por qué. Llamó con un silbido casi imperceptible. El sonido crepitó primero y luego se extendió como un eco subrepticio a lo largo de la madriguera.
-¿Aldo? –preguntó una voz desde dentro.
-Estamos listos, Roberto.
Dos ojos rojos se asomaron temerosos por el boquerón de la cueva. Luego de unos segundos, los ojos se convirtieron en Roberto quien miró dos o tres veces (creo que fueron tres), antes de salir por completo. No me puede pillar la Cata, dijo. Tranquilo que cuando se dé cuenta vamos a estar tan lejos como lejos están las estrellas, amigo mío, contestó Aldo.
El sol se ponía y el día era perfecto: poco viento y pocas nubes. Escabulléndose entre saltos, Roberto siguió a Aldo hasta la base del tronco en el que vivía. Ahí, el gorrión descorrió una cortina de hojas y dejó al descubierto una pequeña bodega en la cual guardaba su invento. Roberto lo miró y preguntó incrédulo:
-¿Estás seguro de que esto funcionará?
-No, pero debemos intentarlo.
Roberto dudó pero terminó por convencerse. Anochecía y el olor a hojas secas, a primavera en ciernes, a flores silvestres, a libro abierto de noche entregado a los placeres de la naturaleza, inundaba todo. Roberto volvió a mirar hacia su madriguera. No salgas Catita, pensó, quédate con los niños.
-Bien, ayúdame –dijo Aldo.
Roberto le ciñó el armatoste, ajustó los cinturones y apretó el arnés. Luego se acopló y se puso en posición. Aldo sacó las antiparras y le pasó unas a Roberto. Ambos se las pusieron.
-¿Estás listo? –preguntó el gorrión.
Roberto asintió evidentemente nervioso.
-¡Entonces vamos! –exclamó Aldo elevándose por los aires, como una pluma, como un cohete a propulsión, como una idea que se pierde imposible de recuperar. Así fue como ambos animalitos comenzaron su odisea para conquistar lo que los hombres llaman Luna.

22.11.10

PROVINCIANA

Estaba segura de haberle dicho sólo buenas noches, pero él no, él insistía con férrea convicción en que le había dicho te quiero, te quiero buenas noches, me dijiste, no, sólo te dije buenas noches, y el beso de despedida fue extraño. Ella cerró la puerta y se quedó escuchando. Sintió los pasos de él alejarse, el ascensor que se abrió, el ascensor que se cerró, ella que regresó a echarse en el sillón. Su hermana veía televisión en su pieza con la puerta cerrada, con el volumen en 22, con la ventana abierta y las cortinas que se enarbolaban con cada ráfaga. Ambas eran de Curicó. Habían venido a estudiar a Santiago y vivían en un departamento mediano en Apoquindo, como la mayoría de los provincianos. O Apoquindo o Providencia. Bienvenidos.
Tomó su cartera (hubiese sido más preciso líneas arriba decir que regresó a echarse en el sillón al lado de su cartera) y sacó de ella una cajetilla de Click & Roll. Encendió uno, le dio una pitada, soltó una bocanada que le envolvió la cabeza. Agitó la mano tratando de disipar el humo. Fumó la mitad tranquila y luego le bajó el paranoico presentimiento de que él no había tomado el ascensor, sino que se había quedado en el pasillo esperando a que el humo de su cigarro escapara por el resquicio de la puerta para así aspirarlo y compartir al menos aquel placer. Apagó el cigarro en un cenicero con forma de mano y se asomó entornando apenas la puerta. No, no había nadie. Sí, sí se había ido. Sintió un alivio vacío. Tomó otro cigarro, aunque esta vez permaneció de pie. Dio dos pitadas y salió a la terraza. Dejó el ventanal abierto. Piso trece. En primavera aquella vista era un espectáculo. Santiago figuraba como un enorme tablero de Metrópoli, iluminado como si fuese una refinería de petróleo, aplastado por su cielo despejado, moteado levemente por algunas estrellas. Ella pensó en su familia en Curicó, la brisa le removió el cabello y se llevó las cenizas. No le había dicho te quiero, de eso estaba segura. De todos modos, ¿cuál hubiese sido el problema? El problema es que no lo quiero (sí lo quieres), es que serías una imbécil si le dijeras te quiero (es que hubieses sido una corajuda); lo que ocurre es que estuviste tanto tiempo con Alberto que ahora necesitas un cuerpo nuevo, tal vez no fresco, pero nuevo, otra piel, otro sudor, otro ritmo, otra sonrisa, se decía a sí misma, e insistía como tratando de autoconvencerse, no, no le dije te quiero.
No se dio cuenta cuando apagó el cigarro. Estaba ensimismada. Entró y volvió a echarse en el sillón. Era jueves. Pensó en que el amor casi siempre conduce a la mujer por un rítmico e impredecible sendero a través de los jardines del olvido: ya se había olvidado de Alberto –habían sido tres años– pero también se había olvidado de él (no, no se había olvidado de él, de hecho en él pensaba), de él que quizás se había quedado esperándola en la sala de espera junto a la conserjería. Se levantó y fue hasta el citófono. No se dio cuenta en qué momento había encendido el tercer cigarro. Llamó al conserje.
Juanito, dijo.
Dígame, señorita, contestó el conserje.
¿Sabe si hay alguien esperándome allá abajo?
No, no hay nadie, señorita. El hijo de don Juan había muerto hacía dos años en un accidente automovilístico. Se lo había confesado una mañana antes de salir a la universidad. Bienvenida.
Muchas gracias, Juanito.
De qué, señorita. Iba a colgar cuando Juanito la detuvo.
Señorita, espere un momento, acaba de llegar un caballero preguntando por usted. A ella le dio un vuelco el corazón.
¿Quién es?
Es el señor Alberto.
¿Alberto?
Sí, el mismo, viene medio descompuesto, algo le pasó.
Dígale que no puede subir.
Es que ya ha tomado el ascensor, señorita.
Ella, molesta, colgó el auricular con fuerza. Apagó el cigarro. Pensó en abrir la puerta y esperarlo ahí, como una mamá enojada con su hijo. Muy mamá, mejor no. Pensó en cerrar la puerta con llave y no contestar el timbre, me importa un moco si está complicado, si, no sé, me da lo mismo. En eso, sonó el timbre. Ella se sobresaltó pero permaneció parada, sin mover un solo músculo. El timbre volvió a sonar. Enseguida volvió a sonar. Volvió a sonar. Sonó de nuevo. Aghhhh, exclamó ella y, resignada –cómplices de esto fueron también, sin embargo, las ganas escondidísimas que tenía de verlo– abrió la puerta de un soplo. Alberto estaba parado frente a ella, tenía el rostro demacrado, parecía un fantasma, un muerto recién muerto, parecía como si no hubiese dormido en días.
¿Qué te pasa, Alberto? Preguntó ella. Alberto no le respondió, simplemente entró al departamento. Vio la cajetilla en la mesa y tomó un cigarro sin pedirlo. El encendedor estaba al lado. Lo tomó e intentó infructuosamente de encenderlo, pero el encendedor se le resbalaba, se le perdía en sus dedos hechos un atado de nervios. Ella avanzó hasta él y lo ayudó.
¿Qué cresta te pasa? Insistió.
Acabo de atropellar a un hueón, confesó finalmente Alberto. Ella no dijo nada.
Lo acabo de hacer mierda, le pasé por encima, lo… lo reventé, seguro.
¿Y no lo viste?
No, fue acá al lado, de hecho, en la esquina. Ella salió a la terraza para ver mejor y, en efecto, vio a las ambulancias y a los morbosos transeúntes detenidos alrededor de un cerco policial. Enseguida regresó donde Alberto.
¿Y qué pensái hacer? Él negó con la cabeza.
Tenemos que ir, dijo ella.
Nicagando, murmuró él. Entonces ella lo sintió. Fue como una corazonada insalvable, como el desliz de una escena: la encrucijada en la cual las coincidencias de pronto se estrellan, se enredan, se suicidan. Lo intuyó y salió disparada del departamento. Dejó a Alberto solo. Bajó en el ascensor. Salió del edificio. No hacía frío. Había olor a flores. Ella llegó corriendo hasta la esquina y se abrió paso entre la multitud congregada. Cuando llegó al cerco exigió entrar. ¡Es mi pololo!, mintió. Lo sentimos, señorita, pero no podemos dejarla pasar. Por favor, caballero. El carabinero la miró con tristeza. Lo que pasa es que no querrá verlo, señorita. Un vacío la inundó nuevamente, esta vez, sin embargo, no fue de alivio, fue un vacío negro, un vacío nauseabundo, vertiginoso, quiso vomitar, quiso salir corriendo, pero terminó desplomándose sobre el pavimento. Te quiero, gritaba, te quiero, perdóname, te quiero, perdóname. La gente comenzó a mirarla con cara de extrañeza hasta que alguien la tomó del brazo y la levantó. Ella intentó zafarse pero la mano no la soltó y con fuerza la condujo a una plazoleta, alejada de aquel lugar.
¿Qué te pasa? Le preguntó quien la había tomado.
Es que se murió… se murió, contestó ella con los ojos congestionados por las lágrimas.
No es que me sienta un egocéntrico, dijo él, pero si te refieres a mí sigo vivito y coleando. Ella entonces levantó la vista y se topó con sus ojos. Por un momento no creyó lo que veía. Luego lo abrazó y como si todo lo que había pensado antes hubiese sido el absurdo razonamiento de una mujer confundida, le dijo por fin te quiero. Lo besó.
Alberto, en tanto, que la había seguido con los binoculares, los vio. Los vio y vio también su vida hecha pedazos. Se había equivocado. Qué imbécil. ¡Qué imbécil! Vio a sus espaldas el auto. Vio un bulto tapado. Se encaramó en la baranda y, sin soltar los binoculares, se dejó caer al vacío. Mientras caía no pensó en su familia, sólo recordó el cuento No se culpe a nadie.

16.11.10

DE MIS IDAS A LA FERIA

“Robar libros es, en realidad, una forma deportiva de la literatura”
Rodrigo Fresán

Vi el auto estacionarse. Vi a su conductor bajar de éste. Vi que sacaba un arma del bolsillo y que se internaba en el mar de gente que inundaba la feria a esa hora. Luego los disparos. A continuación los gritos. Vi cómo algunos alcanzaban a escapar. Vi que el antes conductor, ahora asesino, se dirigía a un punto en particular, que matar a aquella gente no era su intención, pese a que de todos modos le acomodaba. Matar. Vi que llegaba a la última estantería. Vi que tomaba un libro. Supuse que era el que había supuesto. Luego más disparos. A continuación más gritos. Vi una, dos, tres, cuatro personas desangrándose en el piso. Había otras que se arrastraban y se tomaban la cabeza. Atardecía. Era primavera. El polen me daba alergia, comezón. Estornudé. En esa fracción de segundo perdí de vista al asesino, pero lo hallé de inmediato subiendo las escaleras. Vi a la policía entrar. Sentí el olor de la bencina. El último rayo entrando por el ventanal me dio de lleno en el rostro. Era tibio. Yo estaba listo. Encendí el helicóptero a las 19.23, tal cual había sido acordado. El asesino llegó dos minutos después, tal como me lo había dicho. El trato pronto sería sellado. Yo sólo debía pagarle. Él sólo entregarme el libro. Sin embargo la policía. Sin embargo venían. Vi un contingente armado que se dirigía hacia nosotros. Oí que el asesino me gritaba, dale, dale, dale. Entonces me elevé. Entonces llevé al helicóptero, al asesino, al libro y a mí a un lugar seguro donde la negociación concluiría. En ese mismo lugar le arrebataría el arma al asesino, y yo me convertiría en asesino también. Ésta y otras cosas se me ocurren cada vez que voy a la Feria del Libro sin un peso. Ésta y otras cosas se me ocurren cada vez que voy a la Feria del Libro con una idea.